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jueves, 28 de junio de 2012

Bonavena biográfico


Documental sobre Ringo Bonavena, material para grandes escritores como esos dedicados estudiantes de segundo. 

viernes, 25 de mayo de 2012

Incursiones en el "género negro". Franco Sampietro

 Artículo publicado en esta dirección. Muy útil por su claridad para poder completar la tarea de escribir el cuento policial.
El denominado "género negro", en el cine y la literatura, recibe ese mote por su dual condición de "género duro": el pesimismo de sus mensajes, lo rígido de los códigos en que esos mensajes se dicen. En tal sentido, abandera un espacio dominado por sentimientos tales como la farsa, la sospecha, el cinismo y lo fatal; desenvueltos en ciudades perversas poseídas por la traición y el desencanto. Sus historias conllevan un sabor amargo y las relaciones entre los personajes están siempre mediatizadas por el interés de poseer dinero o una parcela de poder; las otras personas no son más que un medio para lograrlo y la mentira es el pan de cada día: allí todo es falso.

Allí los asesinos deambulan como si nada por la calle -son personas corrientes- y también acechan sujetos acusados de un crimen que no cometieron, sobre quienes recae todo el peso de un andamiaje institucional inoperante y falso. Son seres ambiguos, asqueados y conflictivos: casi un antihéroe. Animales nocturnos sin que por ello el público no se identifique, se lanzan ciegamente hacia el encuentro de los hechos y su brutalidad produce nuevos crímenes, que al final se resuelven por la suerte. Tómese el caso de Raymond Chandler, acaso su cima en la pluma: Marlowe es casi un cowboy en la city; por otra parte, no existe héroe del rubro, ya sea detective, periodista, maleante o policía fracasado, que no reciba una paliza y a su turno haga lo mismo: en el momento crucial se juega solo y lo hace poniendo el cuero.

Los tópicos

A la par de sus recios varones arrecian sus mujeres: númenes nocturnos, rostros tensos en cuerpos rotundos u obscenamente angelicales; demasiado de carne y hueso o patéticamente espectrales: al margen de la ley o de este mundo, son la femme fatale dispuesta para lo trucho (Laura, El cartero llama dos veces, La dama de Shangai, La jungla de asfalto, Los sobornados, para el caso del cine, introdujeron de ese modo un arquetipo inolvidable de puta).

Para ellos hace falta una sociedad compleja, donde las apariencias engañen, las tramas del poder sean oscuras y la relación de cada sujeto con la violencia -y la demencia- esté mediada por un halo de normalidad aparente; un espacio donde cada callejón puede ser el último, los muelles invitan a la zambullida final y el departamento es sitio para reuniones inesperadas (escena típica: él entra un segundo descuidado y lo aguarda allí una visita nefasta).

La paranoia es su ideología, hace suyo el aforismo de Poe (el padre del policial): "El universo es la conjura de Dios". Reina, en suma, una ecuación donde la circulación de dinero regula la suma de las relaciones y los contratos posibles. A falta de plata, el motor de la acción es la promesa de sexo. Sexo-dinero por una parte, se complementa con otra equivalencia: política-crimen: cuatro elementos que tejen una trama donde el que busca se empantana en una historia que no es la suya y que debe desbastar sin escrúpulos antes de que se le venga encima.

Y está el problema del logos. El género negro no desprecia al logos, más bien sospecha que al fin y al cabo la verdad reside en las palabras... el asunto es que todos mienten. La razón es simple: el que dice la verdad se compromete; de modo que se habla mucho y a la vez se dice poco. La verdad siempre se ubica en lo no dicho; es entonces que se la saca a las trompadas. Ahora bien, si en el relato policial clásico (o a la inglesa) el modelo básico del discurso es el monólogo: Holmes que se lo explica al azorado Watzon; Poirot que lo desembrolla en el careo; y la apoteosis: el preso Isidro Parodi -inventado por Borges y Bioy- que deduce los casos en base a datos que le acercan a la celda, es decir en el sumun de lo abstracto: matemáticamente. En el negro, por el contrario, el resultado se resuelve por la suerte. Como opina Ricardo Piglia, en las reglas del policial clásico lo que sobresale es el fetiche de la inteligencia pura, valorada como herramienta omnipotente del pensamiento de los correctos e imbatibles personajes encargados de proteger la vida burguesa. Comparando esos principios, es natural que el relato negro resulte "ilegible", "salvaje", porque si en el policial las cosas se deciden a partir de una secuencia lógica de análisis, hipótesis, deducciones, en el otro son los acontecimientos los que llevan las riendas.

Tampoco falta la tentación fascista -no sólo porque el racismo de Chandler sea más notorio que su pasión por los gatos-, dado el culto a la violencia, a la fuerza bruta, al individualismo, al desprecio por los débiles y algunas minorías; la innecesariedad de la muerte; la exaltación del héroe aún cuando se trate de un jacho corrompido y cínico. Tanto énfasis, produjo en Bukowski la mejor caricatura del género en la novela Pulp (nombre del archipopular "papel de pulpa" en que circulaban en los 50’); y la celebrada película Pulp Fiction es casi lo propio, lo mismo que Roger Rabbit. Además, existe en Bolivia la novela magistral de Alison Speding, El viento de la cordillera, suerte de thriller ambientada en El Alto de los ’80, que encaja en el modelo, y que en más de un sentido es perfecta.

Siguiendo a Piglia, son textos para ser leídos como síntomas, más allá del grado de conciencia de sus inventores. Es decir, generan lecturas contradictorias: su terrible cinismo es un crítico implacable. Les basta definir un personaje, describir un ambiente, hurgar en el pasado de una familia honorable, para desenterrar toda la mugre del planeta. Campean distintos espacios de la dinámica social, desde el lumpen que vende la vida de otros (revelando su escondite) por unas pocas monedas, hasta el policía psicótico o el abogado corrupto, incluidas aquellas rémoras y lacras que poseen determinados intereses políticos: implícitamente -acaso inconscientemente- cuestionan de un modo corrosivo la institución de la Justicia. Su génesis lo corrobora: Los asesinos, el cuento de Hemingway que juega lo mismo que Los crímenes de la calle Morgue de Poe, contiene ya los códigos del negro. Son dos sórdidos matones que llegan a Chicago a matar a un ex boxeador al que no conocen, y en ese crimen que no se explica ni se descifra (y que aparenta una versión bastarda de un esquema armonioso y "fino") está ya el nuevo enfoque ("de mal gusto") y la técnica narrativa futura: predominio del diálogo, relato de conducta, acción espontánea, escritura directa y objetiva.

Tómese el caso exquisito del cine, sobre todo después de 1945: prevalecen los espacios cerrados (idóneos para el trabajo de la psicología) y las salas de espejos (que dilatan lo obsesivo); hay una ausencia de líneas horizontales (las oblicuas y verticales producen mayor tensión compositiva del cuadro); marcos divisorios como puertas, ventanas y cortinas (que ocultan amenazas); columna sonora de ruidos urbanos: frenadas de gomas, teléfonos sonando para nada, disparos al vacío, silencios notorios y pasos impredecibles: un jánico estilo psicológicamente realista/visualmente abstracto. Si a ello se suma el fin del happy end, se adquiere un objeto de agudas distorsiones para el contexto. Para redondear: autores que no eran necesariamente revolucionarios -más bien oportunistas; reaccionarios muchos- generaron un producto más convulsivo que la mayoría de las estéticas de choque; amén de su eficacia cuantitativa: cuánto más público acapara.

La ciudad como cárcel

Y un último elemento: la noción de la ciudad como una cárcel. Tómese Casablanca: Rick Deckar (Bogart más duro que nunca) y un grupo de refugiados atrapados en un antro marroquí en el fragor de la Segunda Guerra (cueva de ladrones, criminales e indocumentados) esperan el salvoconducto para volar a Lisboa. Su mundo se ha vuelto insoportable como consecuencia del enfrentamiento bélico y esa caterva de ambiguos no quiere sacrificios: no aguarda más que un modo vil de salir de esa realidad de hierro. Hay otro "Rick", más actualizado, que no tiene escapatoria: el cine de Blade Runner es más negro y los años no han pasado en vano. Atrapado en Los Angeles del 2.019, el valiente melancólico que corre por el filo de la navaja no tiene opciones. Está atrapado en la Tierra, mientras los privilegiados han podido emigrar a Marte; no hay avión a Lisboa y sólo resta sobrevivir entre la basura. Harrison Ford es un duro detective desfasado, taciturno y de gabardina en la mugre del siglo XXI, un mundo superpoblado y decadente. Su tarea es perseguir a los Nexus 6, la última generación de androides humanoides. El pecado de "los replicantes" (los robots) es el de todo existencialista: querer saber quién es, de dónde viene, cuánto tiempo le queda y por qué, y finalmente revelarse contra la falta de respuestas. Cualquier coincidencia entre los replicantes y uno mismo es intencional y tiene un efecto desbastador en nuestra cabeza. Por otro lado, el runner no tiene ni siquiera el privilegio de un enemigo al cual poder identificar a las claras con el mal; la melancolía de As the time goes by ha sido reemplazada por los sonidos inquietantes de Vangelis sobre el paisaje de Los Angeles reflejado en una pupila, sobre la que irrumpen, como espasmos, llamaradas de fuego.

Las dos son arquetipos del género y una y otra son mitos que no dejan de brillar; Casablanca de Michael Curtis y Blade Runner de Ridley Scott (basada en la novela del mítico -y místico- Philip K. Dik, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) son películas nacidas de la destrucción y la decadencia, y sin embargo, sus personajes son más reales que en la vida real. Sus situaciones, asimismo, no son más inverosímiles que las de la guerra antiterrorista, las crisis globales de la periferia, el consumismo del primer mundo o la paranoia de las metrópolis del tercero: espacios descompuestos de gente alterada sin chance de escapar de la marginación, la locura y la miseria, gobernada por una TV que refleja la tristeza y la neurosis del planeta, y una pesadilla política a lo Kafka. ¿Quién inventa una salida?

Franco Sampietro

lunes, 14 de mayo de 2012

El eclipse, de Augusto Monterroso


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de Sol. Y dispuso, en lo más intimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el Sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un Sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

domingo, 13 de mayo de 2012

Gracias y desgracias... de Quevedo

Para poder conectar información y tener una idea más cercana de lo que sucedía históricamente en la época de la conquista, decídí trabajar este texto de uno de los escritores más brillantes y potentes de la literatura española: Francisco de Quevedo.
Como el propósito de este año es visitar el humor en la literatura, pueden leer las Gracias y desgracias del  ojo del culo

domingo, 6 de mayo de 2012

El árbol de la buena muerte. Héctor Germán Oesterheld



María Santos cerró los ojos, aflojó el cuerpo, acomodó la espalda contra el blando tronco del árbol. Se estaba bien allí, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la luz rojiza del sol. Carlos, el yerno, no podía haberle hecho un regalo mejor para su cumpleaños. Todo el día anterior había trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde crecía el árbol. Y había hecho el sacrificio de madrugar todavía más temprano que de costumbre para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al pie del árbol. María Santos sonrió agradecida; el tronco parecía rugoso y áspero, pero era muelle, cedía a la menor presión como si estuviera relleno de plumas. Carlos había tenido una gran idea cuando se le ocurrió plantarlo allí, al borde del sembrado. Tuf-tuf-tuf. Hasta María Santos llegó el ruido del tractor. Por entre los párpados entrecerrados, la anciana miró a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la máquina, al lado de Carlos. El brazo de Marisa descansaba en la cintura de Carlos, las dos cabezas estaban muy juntas: seguro que hacían planes para la nueva casa que Carlos quería construir. María Santos sonrió; Carlos era un buen hombre, un marido inmejorable para Marisa. Suerte que Marisa no se casó con Laico, el ingeniero aquel; Carlos no era más que un agricultor, pero era bueno y sabía trabajar, y no les hacía faltar nada. ¿No les hacía faltar nada? Una punzada dolida borró la sonrisa de María Santos. El rostro, viejo de incontables arrugas, viejo de muchos soles y de mucho trabajo, se nubló. No. Carlos podría hacer feliz a Marisa y a Roberto, el hijo, que ya tenía 18 años y estudiaba medicina por televisión. No, nunca podría hacerla feliz a ella, a María Santos, la abuela... Porque María Santos no se adaptaría nunca —hacía mucho que había renunciado a hacerlo—, a la vida en aquella colonia de Marte.
De acuerdo con que allí se ganaba bien, que no les faltaba nada, que se vivía mejor que en la Tierra; de acuerdo con que allí, en Marte, toda la familia tenía un porvenir mucho mejor; de acuerdo con que la vida en la Tierra era ahora muy dura... De acuerdo con todo eso; pero, ¡Marte era tan diferente!... ¡Qué no daría María Santos por un poco de viento como el de la Tierra, con algún "panadero" volando alto!
—¿Duermes, abuela? —Roberto, el nieto, viene sonriente, con su libro bajo el brazo.
—No, Roberto. Un poco cansada, nada más.
—¿No necesitas nada?
—No, nada.
—¿Seguro?
—Seguro.
Curiosa, la insistencia de Roberto; no acostumbraba ser tan solícito; a veces se pasaba días enteros sin acordarse de que ella existía. Pero, claro, eso era de esperar; la juventud, la juventud de siempre, tiene demasiado quehacer con eso, con ser joven. Aunque en verdad María Santos no tiene por qué quejarse: últimamente Roberto había estado muy bueno con ella, pasaba horas enteras a su lado, haciéndola hablar de la Tierra. Claro, Roberto, no conocía la Tierra; él había nacido en Marte, y las cosas de la Tierra eran para él algo tan raro como cincuenta o sesenta años atrás lo habían sido las cosas de Buenos Aires —la capital—, tan raras y fantásticas para María Santos, la muchachita que cazaba lagartijas entre las tunas, allá en el pueblito de Catamarca. Roberto, el nieto, la había hecho hablar de los viejos tiempos, de los tantos años que María Santos vivió en la ciudad, en una casita de Saavedra, a siete cuadras de la estación. Roberto le hizo describir ladrillo por ladrillo la casa, quiso saber el nombre de cada flor en el cantero que estaba delante, quiso saber cómo era la calle antes de que la pavimentaran, no se cansaba de oírla contar cómo jugaban los chicos a la pelota, cómo remontaban barriletes, cómo iban en bandadas de guardapolvos al colegio, tres cuadras más allá.
Todo le interesaba a Roberto: el almacén del barrio, la librería, la lechería... ¿No tuvo acaso que explicarle cómo eran las moscas? Hasta quiso saber cuántas patas tenían... ¡Cómo si alguna vez María Santos se hubiera acordado de contarlas! Pero, hoy, Roberto no quiere oírla recordar: claro, debe ser ya la hora de la lección, por eso el muchacho se aparta casi de pronto, apurado.
Carlos y Marisa terminaron el surco que araban con el tractor. Ahora vienen de vuelta. Da gusto verlos: ya no son jóvenes pero están contentos. Más contentos que de costumbre, con un contento profundo, un contento sin sonrisas, pero con una gran placidez, como si ya hubieran construido la nueva casa. O como si ya hubieran podido comprarse el helicóptero que Carlos dice que necesitan tanto. Tuf-tuf-tuf... El tractor llega hasta unos cuantos metros de ella; Marisa, la hija, saluda con la mano; María Santos sólo sonríe; quisiera contestarle, pero hoy está muy cansada. Rocas ondulantes erizan el horizonte, rocas como no viera nunca en su Catamarca de hace tanto. El pasto amarillo, ese pasto raro que cruje al pisarlo, María Santos no se acostumbró nunca a él. Es como una alfombra rota que se estira por todas partes: por los lugares rotos afloran las rocas, siempre angulosas, siempre oscuras. Algo pasa delante de los ojos de María Santos. Un golpe de viento quiere despeinarla. María Santos parpadea, trata de ver lo que le pasa por delante. Allí viene otro. Delicadas, ligeras estrellitas de largos rayos blancos... ¡"Panaderos"! ¡Sí, "panaderos", semillas de cardo, iguales que en la Tierra! El gastado corazón de María Santos se encabrita en el viejo pecho: ¡"Panaderos"! No más pastos amarillos: ahora hay una calle de tierra, con (mellones profundos, con algo de pasto verde en los bordes, con una zanja, con veredas de ladrillos torcidos... Callecita de barrio, callecita del recuerdo, con chicos de guardapolvo corriendo para la librería de la esquina, con el esqueleto de un barrilete no terminando de morirse nunca, enredado en un hilo de teléfono. María Santos está sentada en la puerta de su casa, en su silla de paja, ve la hilera de casitas bajas, las más viejas tienen jardín al frente, las más modernas son muy blancas, con algún balcón cromado, el colmo de la elegancia.
"Panaderos" en el viento, viento alegre que parece bajar del cielo mismo, desde aquellas nubes tan blancas y tan redondas...
"Panaderos" como los que perseguía en el patio de tierra del rancho allá en la provincia. ¡"Panaderos"! El pecho de María Santos es un gran tumulto gozoso. "Panaderos" jugando en el aire, yendo a lo alto... Carlos y Marisa han detenido el tractor. Roberto, el hijo, se les junta, y los tres se acercan a María Santos. Se quedan mirándola.
—Ha muerto feliz... Mira, parece reírse.
—Sí... ¡Pobre doña María!...
—Fue una suerte que pudiéramos proporcionarle una muerte así.
—Sí... Tenía razón el que me vendió el árbol, no exageró en nada: la sombra mata en poco tiempo y sin dolor alguno, al contrario...
—¡Abuela!... ¡Abuelita!..


jueves, 3 de mayo de 2012

Adan y Eva

Aquí pueden descargar El Diario de Adán y Eva de Mark Twain

El conde Drácula Woody Allen


En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva sus iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad y, movido por un instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus víctimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo. Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y que se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esta pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, excita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas. De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas.
-¡Vaya, conde Drácula, qué agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana, entra en la casa ocultando, con una sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)
-¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero.
-Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no?
-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.
-¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.
-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?
-¿Eclipse?
-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.
-¿Qué dice?
-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.
-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!
-¿Qué le pasa, señor conde?
-Perdóneme... debo...
-¿Qué, señor conde?
-Debo irme... Hem... ¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta.
-¿Ya se va? Si acaba de llegar.
-Sí, pero, creo que...
-Conde Drácula, está usted muy pálido.
-¿Sí? Necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...
-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.
-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...
-Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad-. Usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.
-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida. -Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.
-Sí, tiene razón, pero ahora...
-Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.
-¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta de un armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?
-Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde!
-Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar.
Por fin, abre la puerta, pero ya no le queda tiempo.
-¡Oh, mira, mamá -dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol.
-Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!
-¿Qué persianas? -preguntó el panadero.
-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué par de...! ¿Tendrán al menos un sótano en este tugurio?
-No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...
-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?
-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.
-¡Ay... qué ocurrencia tiene! -Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media. Y, con esas palabras, el conde entra en el armario y cierra la puerta.
-Ja, ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov! -Señor conde, salga del armario. Deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula. -No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan sólo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero, créanme, me encanta este armario.
-Sí, pero...
-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh, Ramona, la la la la la, Ramona... En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigos, el panadero y su mujer.
-¡Hola, Jarslov! Espero que Katia y yo no te molestemos.
-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula. ¡Tenemos visita!
-¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido.
-Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero.
-¡Qué raro es verlo a esta hora! De hecho, no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día.
-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!
-¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no.
-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta.
-Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza.
-¡No me digas! -exclama el alcalde.
-¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.
-Salga de ahí, conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.
-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.
-¿En el armario?
-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen. Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir.
Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.
-Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando un buen trago.
-¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble.
-¡Dígamelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario.
-¿Qué, Drácula?
-Nada, nada. No tiene importancia. Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre de golpe la puerta del armario y grita:
-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras!
Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito:
 -¡Se ha fastidiado mi cena!