"Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron por un mar que tenía cinco lunas de anchura y aún estaba poblado de sirenas y endriagos y de piedras imanes que enloquecen la brújula. Prendieron unos ranchos trémulos en la costa, durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo, pero son embelecos fraguados en la Boca." "Fundación mítica de Buenos Aires" Jorge Luis Borges
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viernes, 25 de mayo de 2012
domingo, 6 de mayo de 2012
Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar al muerto)
I
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.
IIEl primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.
-¿Quién fue? -preguntó el comisario Jiménez.
-Yo no -dijo el primer portugués.
-Yo tampoco -dijo el segundo portugués.
-Ni yo -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto.
III
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.
IV
-¿Qué hacían en esa esquina? -preguntó el comisario Jiménez.
-Esperábamos un taxi -dijo el primer portugués.
-Llovía muchísimo -dijo el segundo portugués.
-¡Cómo llovía! -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.
V
-¿Quién vio lo que pasó? -preguntó Daniel Hernández.
-Yo miraba hacia el norte -dijo el primer portugués.
-Yo miraba hacia el este -dijo el segundo portugués.
-Yo miraba hacia el sur -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando al oeste.
VI
-¿Quién tenía el paraguas? -preguntó el comisario Jiménez.
-Yo tampoco -dijo el primer portugués.
-Yo soy bajo y gordo -dijo el segundo portugués.
-El paraguas era chico -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.
VII
-¿Quién oyó el tiro? -preguntó Daniel Hernández.
-Yo soy corto de vista -dijo el primer portugués.
-La noche era oscura -dijo el segundo portugués.
-Tronaba y tronaba -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.
VIII
-¿Cuándo vieron al muerto? -preguntó el comisario Jiménez.
-Cuando acabó de llover -dijo el primer portugués.
-Cuando acabó de tronar -dijo el segundo portugués.
-Cuando acabó de morir -dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.
IX
-¿Qué hicieron entonces? -preguntó Daniel Hernández.
-Yo me saqué el sombrero -dijo el primer portugués.
-Yo me descubrí -dijo el segundo portugués.
-Mi homenaje al muerto -dijo el portugués.
Los cuatro sombreros sobre la mesa.
X
-Entonces ¿qué hicieron? -preguntó el comisario Jiménez.
-Uno maldijo la suerte -dijo el primer portugués.
-Uno cerró el paraguas -dijo el segundo portugués.
-Uno nos trajo corriendo -dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.
XI
-Usted lo mató -dijo Daniel Hernández.
-¿Yo señor? -preguntó el primer portugués.
-No, señor -dijo Daniel Hernández.
-¿Yo señor? -preguntó el segundo portugués.
-Sí, señor -dijo Daniel Hernández.
XII
-Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada -dijo Daniel Hernández.
Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el
muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta
para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.
"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro.
Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte delantera del sombrero."
"El que miraba al norte y el que miraba al sur no
tenían que darse vuelta para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el
brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía
que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al
darse vuelta, se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco
en el medio, es decir, mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se
mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para
mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó por
completo al rodar por el pavimento húmedo."
"El asesino usó un arma de muy reducido calibre,
un matagatos de esos con que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en
sus carteras. La detonación se confundió con los truenos (esa noche hubo una
tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que
localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan
pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso
sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte
posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa particularidad.
Por lo tanto es el culpable."
El primer portugués se fue a su casa.
Al segundo no lo dejaron.
El tercero se llevó el paraguas.
El cuarto portugués estaba muerto.
Muerto.
Al segundo no lo dejaron.
El tercero se llevó el paraguas.
El cuarto portugués estaba muerto.
Muerto.
FIN
viernes, 4 de mayo de 2012
El Collar Manuel Peyrou
-A fines del siglo XVII- dijo el
escritor Félix Durand, con su modo retórico, lleno de simetrías y
comparaciones-, en una casa de Cannon Row, en el barrio de Westminster, John
Locke opinó que el entendimiento de los individuos era como un cuarto vacío,
que recibía las impresiones de las ideas; dos siglos más tarde Gastón Leroux,
en su escritorio de la redacción de Le Matin, frente al rumoroso boulevard,
pensó que un crimen en una habitación cerrada podía impresionar el
entendimiento de los individuos y escribió El misterio del cuarto amarillo. Había
algunas diferencias: para Locke, la única realidad estaba en el recipiente
estático, en tanto que para Leroux allí solo estaba la apariencia; para Locke
algo había entrado mientras que para Leroux algo habñia salido, lo que, por
alguna razón misteriosa de nuestras preferencias sentimentales, es más
estimulante y dinámico.
/…/
Se detuvo para tomar aliento. Era el
momento propicio. Y todos, por un instante, se interrumpieron entre sí, en su
afán de interrumpirlo. Y a todos se adelantó ella, no tanto por su rapidez,
sino porque Durant, después de mirar fugazmente las caras, la prefirió y la
escuchó, como quien prefiere en el día una onda a otra onda. Un rostro
bronceado, los ojos claros y el cabello rubio ceniciento. La llamaban señora de
Echagüe, y visitaba el club de golf por primera vez, integrando un equipo
rival. La tormenta había inmovilizado a los jugadores en un hall de amplias
ventanas, contra las cuales se obstinaba la lluvia; varios temas habían
languidecido hasta que Durant impuso el suyo.
-Usted había prometido –dijo ella-
contarnos el asunto de la desaparición del collar.
- Sí; pero relátenos los hechos –
logró colaborar el doctor Argüello Soria.
Exageraba su entusiasmo por los
“hechos” porque quería demostrar su seriedad. La seriedad era la llave de su
éxito, junto con los anteojos y el sombrero Orión.
-Les hablé de Gastón Leroux –
continuó Félix Durand, lanzando una mirada pétrea al doctor Argüello Soria - , porque
el collar de Florencia Domselaar desapareció de un cuarto cerrado, vigilado por
mi amigo el inspector Agostini y custodiado por numerosos pesquisantes. Es, más
o menos, sustituyendo crimen por robo, la situación planteada por Leroux en El
misterio del cuarto amarillo. Allí el delito se comete antes de la hora que el
lector imagina. Considerando el factor tiempo, la otra solución a un misterio
en un cuarto cerrado fue dada por Zangwill: el delito se comete después de la
hora que el lector imagina.
El señor Arquímedes Olaguer,
fabricante de tejidos, que jugaba al golf para adelgazar, y su esposa, que
jugaba para impedir que su marido adelgazara con otras mujeres, acercaron sus
sillas.
Ese asunto siempre me interesó –
dijo el fabricante de tejidos-. Se dijo que en la desaparición del collar hubo
algo de sobrenatural.
-El collar desapareció por la fuerza
de la razón- repuso Durand, y sus palabras produjeron una ligera incomodidad,
una molestia leve, pero instantanea.
Todos estaban dispuestos a admitir
alegremente cualquier referencia al milagro, porque no estaban obligados a
creer en él, pero la posibilidad de un engorroso juego de premisas, inferencias
y análisis los aburría de antemano. Por eso se sintieron aliviados cuando el
escritor prometió que develaría el misterio prescindiendo de reminiscencias
literarias y complicaciones retóricas.
- “Florencia Domselaar de Núñez
tenía sesenta años, pero representaba diez menos. Después de una vida de viajes
por Europa se había instalado en Buenos Aires, en un departamento del barrio
Norte. Su única preocupación era su nieta Ernestina Vidal Núñez, joven
autoritaria y vehemente, que vivía con ella desde la muerte de sus padres. Florencia
era una mujer de gustos acentuadamente convencionales; se sometía a lo que
estaba “bien” y huía de lo que estaba “mal”, aceptando el contenido de estos
conceptos sin averiguar su origen. So se le hubiera preguntado quién los
establecía, habría supuesto lógicamente que era alguien que “era bien”. Se
juntaba con amigas que profesaban las mismas normas y, a esa altura de sus
vidas, tomaban los mismos remedios. El tomar remedios que no estuvieran al
alcance del gran público era para ellas un motivo de orgullo secreto. De vez en
cuando, el médico de moda recetaba a Florencia alguna inyección muy costosa,
que aún no llegaba en forma regular de las fuentes de producción. Florencia
derrotaba con eso completamente a sus amigas, ligaba sutilmente el remedio y su
uso con la distinción y la buena cuna y, durante un tiempo, saboreaba su
prestigio con ligero cansancio, como si fuera algo que hasta cierto punto hay
que soportar, como una carga social. Por supuesto, el remedio perdía totalmente
su valor terapéutico cuando se divulgaba que alguna mujer sin apellido también
lo utilizaba.
“La fortuna de Florencia Domselaar
estaba constituída por cuatro casas en el barrio Sur, alquiladas a bajo precio,
trescientas acciones de “labor Regional”, sociedad de crédito agrícola, y el
famoso collar de perlas del mahará de Rasendra, comprado por su marido, el doctor
Napoleón Núñez, en Amsterdam, en 1926. El collar estaba valuado en más de medio
millón de pesos y debía ser entregado a Ernestina Vidal Núñez, como dote, el
día de su casamiento. El casamiento de Ernestina había sido fijado para el
primero de septiembre. Cinco días antes, Florencia se presentó en la división
de investigaciones y denunció que personas desconocidas habían tratado de
violar su pequeña caja de hierro, donde guardaba el collar, en su departamento
de la calle Juncal. El inspector Agostini fue encargado del caso.
“Era un hombre incrédulo y curtido,
el polo opuesto del investigador racionalista de las novelas, pero con bastante
experiencia y espíritu de iniciativa. El inspector visitó el departamento de la
calle Juncal y encontró indicios de una tentativa de robo. Probablemente la
pequeña caja de hierro, en el living, no había sido abierta
por falta de tiempo. Para evitar una segunda incursión, Agostini estableció una
vigilancia constante. El treinta de agosto Florencia se despertó al ruido de
alguien que andaba en la casa, corrió la ventana y llamó al pesquisante que
permanecía en la calle por la noche. El hombre corrió, revisó el departamento y
todos los alrededores, pero no encontró al merodeador. Todo esto hizo que el
inspector redoblara la vigilancia y comprometiera en el caso a su amor propio. Se
resolvió que durante la fiesta posterior a la ceremonia estarían atentos varios
pesquisantes. Se resolvió, además, que los regalos serán exhibidos en la última
pieza del departamento, que sólo tenía una puerta y una pequeña ventana hacia
un patio interior. El inspector insinuó a Florencia que no exhibiera el collar,
pero tropezó con una cortante negativa. La fiesta perdía casi todo su interés
si el famoso collar no era ofrecido a la vista de las amistades.. Además, la
dama quería entregarlo a su nieta en una forma solemne, delante de un grupo
caracterizado de sus amigos, cumpliendo así con el mandandato de su marido.
“El primero de septiembre los
invitados empezaron a llegar a las nueve. A las diez la fiesta estaba en su
apogeo y las luces refulgían en las joyas de las mujeres y en las pecheras
blancas de los hombres. En el último cuarto del departamento se exhibían los
regalos. Había cuatro vitrinas con joyas, objetos de arte, ceramicas y regalos
diversos, y una mesa baja, cubierta con seda roja, donde estaba el collar. Detrás
de la mesa, una repisa con dos floreros grandes, transparentes, llenos de agua
cristalina. No tenían flores. No había otros adornos ni muebles en la pieza,
cuyas paredes, desnudas estaban pintadas de color crema. El inspector Agostini,
después de cerrar la pequeña ventana que daba al patio interior de la casa,
había asegurado la manija de la misma con alambre. En el patio interior estaba
un pesquisante, por si alguien, en un rapto de audacia, rompía el vidrio de la
ventana y arrojaba el collar. La puerta estaba permanentemente vigilada por dos
hombres de confianza. Durante dos horas, los regalos y, especialmente el
collar, fueron admirados por la concurrencia. A las doce de la noche, cuando ya
el baile se desarrollaba con toda animación. Florencia reunió a los amigos más
intimos y procedió a una entrega simbólica del collar a su nieta. Con
estrafalario romanticismo abrió un paquete de cartas de su marido y leyó, con
voz cada vez más ahogada, las frases con que el doctor Napoleón Núñez disponía
el destino de la joya. “Y te pido que el collar que usaste y que usó nuestra
hija sea entregado a nuestra nieta en el día de su matrimonio…” Agostini no oyó
el resto porque la voz de Florencia era casi imperceptible y porque dedicaba
toda su atención al collar. Cuando terminó de hablar, Florencia se enjugó una
lágrima, ajustó el paquete de cartas con un nudo no tan fuerte como el que se
le hacía en la garganta y dio por terminada la ceremonia. Agostini entonces
indicó la conveniencia de cerrar la puerta para dar un descanso a los
pesquisantes. Las personas que habían presenciado el acto y el nuevo matrimonio
fueron invitadas por Florencia a pasar al salón; luego ésta y Agostini dieron
un último vistazo y la primera cerró la puerta con llave. Los dos pesquisantes
fueron autorizados a retirarse por un momento para tomar alguna bebida y el
inspector, mientras tanto, permaneció en la puerta. Media hora después, los
empleados regresaron y relevaron a Agostini, quien entonces se mezcló con la
concurrencia, pues era curioso de los rostros y de la psicología de la gente. A
la una de la mañana Florencia quizo verificar si todo estaba en orden, entró en
la pieza, comprobó que nada faltaba y volvió a salir.
“Una hora después el inspector
Agostini sugirió a la dueña de casa la conveniencia de guardar el collar en la
pequeña caja de hierro que había en el living. Los invitados
empezaban a retirarse y el inspector pensaba dejar un hombre de guardia hasta
el día siguiente, en que la joya sería retirada por su nueva dueña para ser
guardada en el banco.
“Florencia aceptó la proposición y
junto con Agostini se dispuso a entrar a la habitación cerrada. La dama abrió
la puerta y avanzó en la pieza junto con el inspector. De ambas gargantas se
escapó un grito de asombro. ¡El collar había desaparecido! El inspector volvió
sobre sus pasos y encargó a sus dos subalternos que no dejaran salir a nadie. Su
orden era una precaución inútil, pues nadie había entrado ni salido de la pieza
después que ésta quedara cerrada y con vigilancia. Luego cerró nuevamente la
puerta y junto con Florencia revisaron todos los rincones. La ventana que daba
al patio estaba cerrada y el alambre colocado por el inspector no había sido
tocado.”
-Nadie había salido- dijo Durant al
terminar su relato- desde la última inspección hecha por Florencia a la una de
la mañana. El collar desapareció entre la una y las dos, cuando entraron de
nuevo Florencia y el inspector. En ese lapso nadie entró ni salió.
-¡El collar no pudo haberse
esfumado! – dijo con incredulidad el doctor Argüello Soria.
-Yo no emplearía ese verbo- corrigió
Durand-; prefiero decir que desapareció.
-Pero, ¿entonces hubo algo mágico?
-No; salvo que usted llame magia al
juego maravilloso de la mente.
-No me parece bien que usted se
burle de nosotros – dijo con alguna molestia el señor Olaguer.
- No me burlo: afirmo que una
mentalidad superior concibió un robo perfecto, al estilo de los buenos enigmas
policiales…
La joven del rostro armónico y bronceado
preguntó: -Usted tiene una versión del misterio?
-Cómo lo descubrió? – apoyó con
cierta vacilación el fabricante de tejidos.
- El robo no podía haberse efectuado
después de abierta la puerta; la única solución es, pues, que el collar
desapareció antes de cerrada la habitación por última vez. En una palabra, en
vez de unenigma Zangwill hubo un misterio Leroux. Florencia, cuando entró a la
una a verificar la existencia del collar, lo arrojó en uno de los jarrones. Éste
tenía un disolvente y el collar, que era de material plástico, desapareció.
- ¡Entonces no hubo robo! – dijo el
señor Olaguer, y su negativa fue rápidamente reforzada por un gesto de sus
esposa-. Si el collar no tenía valor no era suceptible de ser robado…
- Sí; hubo robo – insitió Durand,
vacilando por primera vez en el curso de su disertación.
Había sorprendido, con embarazo, una
mirada irónica clavada en su rostro. Optó por interrumpir el relato con un
pretexto convencional:
- Hubo robo, pero las personas
vinculadas al hecho pertenecen a círculos… este… Hay cosas que es mejor no
mencionar… Está aclarando. Me parece que me voy a la estación.
Había aclarado, pero ya era
demasiado tarde para jugar. Hubo un rumor de sillas arrastradas y de pasos. Sólo
quedó sentado el fabricante de tejidos, decidido a no moverse hasta conocer el
final de la historia. Pero Félix Durand había ya recuperado su chambergo y
salía por el sendero bordeado de rosales. Sobre los macizos flotaba una luz que
parecía proceder de las rosas y no del sol crepuscular. Una sensación de magia
luchaba en su alma con un creciente sentimiento de culpa. Al llegar a la puerta
oyó la voz clara de la señora de Echagüe y ese taconeo rítmico y duro de las
mujeres esbeltas. Se detuvo. Al llegar, ella le dijo, simplemente:
- Yo también voy a la estación.
- Alcanzaremos el de las siete –
Explicó Durand, solícito.
- No es indispensable –repuso la
joven- podemos caminar despacio.
-Usted tiene que disculparme – dijo
Durand, cuando entraron en la vereda arbolada – sólo al final comprendí que
estaba cometiendo una indiscreción.
- No se preocupe. Yo misma lo
alenté. Además, usted no tenía por qué saber que mi nombre de soltera es Vidal
Núñez. Me molestó que me definiera como autoritaria y vehemente, pero en seguida
me di cuenta de que eso se lo transmitió el comisario. Yo me opuse a que
siguiera la investigación contra mi abuela. De todos modos, yo lo sabía todo…
-Ah! ¿Usted sabe que Florencia
vendió el collar hace años?
-Sí; lo vendió en Europa, en uno de
nuestros viajes. De modo que estuvo bien que usted se refiriera a Gastón
Leroux. Hizo fabricar luego una réplica en material plástico y esperó el día de
mi casamiento, en el que se debía entregar la joya. Pero después pensó que yo
descubriría el engaño e inventó el robo perfecto. Yo acepté la farsa. ¿Para qué
hacerla sufrir? De todos modos, ella se había gastado el dinero conmigo.
Cuando llegaron a la vía férrea el
viento había ya barrido las últimas nubes. El sol resbaló en el cielo y se
hundió detrás de los árboles, agitando sus dedos de luz.
(En La noche repetida. Buenos Aires. Emecé,
1953)
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